Todos tenemos una historia digna de ser contada...¿Quieres conocer la mía?

domingo, 11 de marzo de 2012

Encuesta

Os voy a dejar una encuesta para los que estéis interesados en seguir también Entre el cielo y el infierno. La pregunta es: ¿queréis que la cuelgue aquí también o no?
¡Espero vuestra opinión! =)




Isa

Nueva historia: Entre el cielo y el infierno.

¡Hola! Bueno, deciros que, a parte de Tú y mi mundo, acabo de empezar hace apenas una semana una nueva historia. No tiene mucho que ver con ésta; tiene una temática más fantástica. Pero bueno, un cambio de vez en cuando no viene mal, ¿verdad? =P Os dejo una pequeña sinopsis:

¿Qué ocurriría si tu mundo cambiase por completo? ¿Si empezases a ver el mundo de otra forma? ¿O si fuese otro mundo radicalmente distinto al que creías conocer?
Eva tiene en sus manos el ancestral equilibrio entre el bien y el mal, y una sola decisión suya puede inclinar la balanza...



Ésta es la dirección del blog:



http://entre-elcieloyelinfierno.blogspot.com/




¡Allí os espero!^^


Isa

sábado, 10 de marzo de 2012

Tú y mi mundo -11-


Carolina estaba apoyada en la pared, cruzada de brazos y con el resto del tercer cóctel en la mano. Todo había ido de mal en peor desde la llegada de su pesadilla personal. Chema la miraba receloso de vez en cuando, con la duda impresa en el rostro. Era lógico que no quisiese acercarse a ella. Y, para complicar todavía más la situación, había una chica que no dejaba de acercarse a él con las intenciones más que claras.
- Zorra…- Masculló Caro. Borja y Patri estaban con ella, aunque no sabían muy bien cómo animarla. Para colmo de males, el macarra y Rocío no paraban de darse el lote y sobarse en medio del salón, como si estuviesen solos. ¿Con qué derecho se encontraba para meterse en su relación con Chema cuando él estaba dando un espectáculo? Dejó el vaso en el primer mueble que encontró y,  sacudiendo la cabeza, se irguió, mirando a sus amigos. – La noche sólo acaba de empezar.
La muchacha avanzó hacia el centro de la sala. Comenzó a balancearse sobre los pies, al ritmo de la música. Fue moviéndose poco a poco, cada vez más, notando cómo las miradas se posaban en ella. No solía disfrutar en exceso de ser el centro de atención, pero ya era hora de dejar bien claro quién era ella. Era una de las chicas más populares y deseadas del colegio. Nadie iba a decidir con quién estaba ni cuándo terminaba su diversión. No a ella.
Barrió la sala en busca de Chema, pero se había perdido. Y la otra chica que se le acercaba, también. Rechinó los dientes, ahogando un grito de frustración, y cerró los ojos, abandonándose por completo a la música. Un chico que no conocía se le acercó y, sin pensarlo dos veces, comenzó a bailar con él. Por una vez, era mejor eso de no pensar.

Raúl no se había separado de Rocío desde hacía un buen rato, y ella no parecía intención de dejarle ir, aunque no es que el muchacho estuviese haciendo un gran sacrificio. Raúl notaba cómo el ambiente se iba caldeando por momentos y estaba planteándose seriamente el sugerirle ir a buscar más intimidad cuando, en un giro de cabeza, la vio.
Carolina estaba bailando en mitad de la amplia sala, con un tío, y no era el ninja de poca monta. El chico la miraba con una lascivia notable, de la que Carol parecía ser la única que no se daba cuenta. La gente les miraba y murmuraba. Raúl vio cómo el muchacho ponía las manos en las caderas de la princesita, acercándose peligrosamente a ella.
Rocío le tomó por la barbilla, girándole la cara hacia ella, en busca de su atención.
- ¿Qué pasa? ¿Ya te has cansado de mí o qué? – Raúl le sonrió y la besó, más para mantenerla ocupada que porque le apeteciera. Había perdido el interés repentinamente en ella, por muy surrealista que le pareciera admitirlo. Mientras besaba a Rocío, miraba de soslayo a Carol, que intentaba deshacerse con sutilidad de su acompañante.
“¿Está borracha?” Pensó Raúl, a la par que veía como el chico insistía en buscar la boca de Caro y ella no era capaz de quitárselo de encima. Cuando quiso darse cuenta, estaba detrás de Carolina, habiendo dejado a Rocío sola con muy poco tacto.
Miró con una peligrosa expresión en cada una de sus facciones al tipo, que también parecía haber bebido de más, aunque estaba más lúcido que ella. El muchacho le mantuvo la mirada, a la vez que seguía sujetando a Caro, que se revolvía como un animalillo atrapado. Raúl sintió cómo le hervía la sangre. Eso no pintaba nada bien. Se acercó a él y se dio cuenta de que actuaba antes de pensar, lo que sólo empeoraba el pronóstico de lo que podía ocurrir.
- ¿No vas a dejar de dar por culo o qué pasa? – Raúl le cogió por la muñeca y le separó de Carolina, poniéndose entre ambos. La chica trastabilló, pero logró mantener el equilibrio.
- Eh, tú, chusma. ¡A mí no me toques! – Más insultos vinieron pronto, seguidos por empujones y amenazas varias. En uno de los forcejeos, un cenicero cayó a un sofá, sin que nadie reparara en él. Todo el mundo les observaba, y unos cuantos chicos aparecieron para separarles. Chema había ido a coger del brazo al tipo. “Cómo no iban a conocerse” pensó Raúl, aún con las ideas poco claras. El chico notó una mano en el hombro: era Borja, con gesto preocupado.
Entre el revuelo, alguien gritó: “¡Fuego!” justo cuando a Raúl le llegaba el olor a quemado. Las colillas habían prendido en el sofá, y la estancia estaba comenzando a llenarse con un espeso humo blanco. Instintivamente, su mirada buscó rauda a Carolina, que estaba mezclada con la masa de adolescentes revolucionados. Parecía muy desorientada y asustada. Sin más dilación, fue hacia ella, la cogió de la mano y se dirigió hacia la salida, abriéndose paso entre el resto de gente que buscaba también huir del humo y el fuego.


Para Carol, los últimos acontecimientos eran un caos de imágenes y música en su cabeza. Recordaba bailar, perderse en los ritmos repetitivos y unas manos. Unas manos que la recorrían en busca de más. Se había sentido asfixiada, queriendo liberarse de aquel intento de posesión ajena, pero no quería que los demás se dieran cuenta. Había echado mano de la discreción, mas no había surtido efecto. El agobio incrementaba ante la imposibilidad de huir y, con él, el pánico. Había intentado zafarse, pero el agarre era firme y estaba mareada. Bueno, quizá mareada no era la palabra más acertada.
Y, luego, todo había ocurrido demasiado rápido como para que su embotado cerebro lo lograra asimilar en tiempo real. Se había encontrado fuera de la presa que habían supuesto los brazos de aquel chico y, sin saber muy bien cómo, estaba discutiendo con el macarra. Los cuchicheos de sus compañeros revoloteaban en el ambiente, ávidos de morbo como los buitres de carroña. De repente, todo se llenó de humo. Se había abrazado a sí misma, con miedo, buscando ayuda desesperadamente con la mirada.
Ahora, estaba allí, corriendo por la acera desolada de aquella zona residencial de la mano de Raúl. El aire fresco le estaba ayudando a despejar la cabeza, pero la carrera no estaba haciendo un buen trabajo con su estómago, revuelto por la desacostumbrada ingesta de alcohol.
- ¡Para, para! – Consiguió decir Carol, entre jadeos. Raúl frenó en seco y ella se apoyó las manos en las costillas, en busca de aliento. Miró a los lados, y se dio cuenta de que estaban en medio de ninguna parte: a su alrededor, sólo había árboles y carretera. - ¿Dónde estamos? – Raúl imitó su gesto, pasando la mirada por la zona. Se encogió de hombros.
- Buena pregunta. – Carolina le miró, entre incrédula y alarmada.
- ¿Me estás diciendo que has echado a correr sin tener ni idea de hacia dónde ibas? – Raúl asintió, sin más. - ¿Tú estás tonto? ¡Me arrastras aquí, en medio de la nada, sin tener dirección ni conocer el camino…! – Las palabras se le aturullaban, queriendo decir mucho en poco tiempo. Raúl la interrumpió.
- ¿Tanto frío tienes? – Caro parpadeó un par de veces, mientras su todavía lenta mente intentaba descifrar el sentido de sus palabras. Entonces, cayó en la cuenta de que estaba temblando. Con las prisas, se había dejado en la casa el abrigo que había usado. Ya estaban en octubre, y debían de ser más de las 2 de la mañana. Raúl, entre maldiciones, se quitó la chaqueta y la dejó caer sobre los hombros de la chica, que la aceptó a regañadientes.
- Y, ahora, ¿qué hacemos? No nos podemos quedar aquí hasta que sea de día. – El macarra se rascaba la cabeza. “En cualquier momento, le sale humo de la cabeza. Demasiado trabajo para sus pocas e inútiles neuronas” pensó la muchacha. El chico sacó su móvil de un bolsillo e hizo una llamada. Tuvo que hacer cuatro intentos antes de que alguien contestara al otro lado.
- Oye, tienes que venir a por mí. – Pausa. – Venga, no me jodas, que estoy tirado en el culo del mundo. – Otra pausa, pero esta vez Raúl miraba a Carolina. – No, no, escucha: tienes que venir con alguien más. Hacen falta dos motos. – Una pausa más. – Sí. Pero es que no tengo muy seguro de por dónde ando. – Tras un rato de explicaciones, intentando situarse, el chico colgó el móvil.
- ¿A quién has llamado? – Carolina miró al macarra, suspicaz.
- A un amigo.
- Genial. Seguro que es de mucha confianza.
- Bueno, la otra opción es llamar a tu hermano. Y no te digo que no me gustaría que le explicases cómo hemos acabado en mitad del campo gracias a tus tonterías con tu nuevo amiguito. – Un silencio incómodo se instaló entre los dos. Aunque Caro odiase admitirlo, él llevaba razón. Era evidente que Raúl se había metido sin motivo en el asunto de Chema, pero ella se había buscado solita el problema con el otro chico. En el fondo, sabía que debía agradecerle su intervención. Se acurrucó en el interior de la chaqueta, mirando hacia otro lado.
Pasaron varios minutos, y Carol no sabía qué era más cortante: el frío de la noche o la tensión en el ambiente. Finalmente, Raúl carraspeó.
- Mira, yo creo que el pijo ése se está riendo de ti. – Carolina le fulminó con la mirada, con una réplica a punto de ser disparada a discreción, pero Raúl no le dio tiempo. – Te está utilizando. Se ha ido con la otra pava delante de ti, cuando dos minutos antes estaba dispuesto a comerte la boca. – La contestación murió en alguna parte del interior de Caro. El macarra estaba demasiado acertado esa noche.
Era algo que siempre le había pasado con Chema: verle con otras. Todo el mundo sabía que ella estaba locamente enamorada de él desde siempre. Y ella era consciente de que él también lo sabía. Había hecho grandes esfuerzos por destacar y que él la notase. Pero Chema se paseaba frente a ella con su retahíla constante de novias y ligues, sin cortarse en demostrar su pasión. Era duro para la muchacha verle con otras. No es que ella nunca hubiera estado con nadie, pero todos los novios que había tenido hasta el momento eran una excusa para darle celos a Chema. Se había dejado ver por Chema con alguno de ellos, pero sin nada que pasase de susurros y manos entrelazadas. Sin embargo, debía reconocer que nunca había sido demasiado efectivo.
- Hoy…bueno, que con el traje éste llamas mucho la atención. – Carolina alzó una ceja. ¿Era eso un atisbo de piropo? – Bueno, ya sabes, las tías del colegio no se han currado mucho los disfraces. – “Demasiado bonito para ser cierto” pensó Carol, frunciendo el ceño. – Lo que quiero decir es que por eso te ha buscado. Porque destacabas entre las otras, y la mayoría de los tíos estaban buscando la forma de entrarte. Deberías darte cuenta de que no quiere nada contigo más allá de… - El final de la frase quedó en el aire, pero Carolina no tuvo tiempo de preguntar antes de que los faros de dos vehículos les deslumbrasen.
La chica tuvo que parpadear varias veces para conseguir ver con claridad a los dos chicos que bajaban de sendas motos. Y se horrorizó ante lo que encontró: dos clones de Raúl que la miraban divertidos.
- Vaya, braguetazo real, loco. – Dijo uno de los chicos. Los dos tipos se echaron a reír. Raúl le dio una colleja.
- Cállate y dame los cascos. – El macarra hizo amago de cogerle los cascos a su amigo (también macarra), pero éste los quitó de su alcance.
- ¿Ni nos vas a presentar a tu amiguita?
- Yo no soy su “amiguita”. – Protestó Carolina, alzando la barbilla. El chico silbó.
- Cuánta simpatía, rubia. – La chica estaba a punto de contestar cuando el macarra se le adelantó.
- Es la hija de Carmen, así que corta el rollo. – Raúl se dirigió al otro chico. – Illo, Mani, déjame tu moto y mañana te la devuelvo.
- Pero con la misma gasolina, que la tengo medida. – El chico le tendió las llaves y ambos sonrieron.
- Qué rata eres, tío. Siempre me salen caros tus favores.
- Aquí, el que no corre, vuela, figura. Que en esta vida nada es de gratis.
Una vez se hizo con los cascos, Raúl le tendió uno a la muchacha, que se lo colocó sin rechistar. Estaba demasiado cansada como para quejarse de cualquier plan que significase volver a la seguridad y tranquilidad de su hogar. Se abrochó la chaqueta lo mejor que pudo y montó tras Raúl, rodeándole la cintura con los brazos. La moto vibró bajó ellos y se pusieron en marcha. Los amigos de Raúl, delante de ellos, zigzagueaban y tentaban al azar a lomos de su metálica montura. Pronto se perdieron de vista, entre risas y el ruido del claxon. Raúl y Carolina siguieron su propio rumbo, sin demasiadas prisas, sin ninguna exuberancia, pues, por esa noche, ya había estirado demasiado su suerte.


Isa

lunes, 5 de diciembre de 2011

Tú y mi mundo -10-


Carol estaba sentada en la cama, mientras Juana le cepillaba el cabello, como tantas veces había hecho cuando era niña. Era la primera noche que pasaba en casa después del accidente, y todos habían insistido en que descansase. Pero la anciana, con las manos en la cadera y el ceño fruncido, se había impuesto: a ella no la tumbaban ni los años ni una simple caída. Y allí estaba, pasándole el cepillo por el cabello con un mimo infinito, mientras tarareaba una canción ya olvidada por muchos, pero aún bien clara en sus recuerdos.
- Mañana es la fiesta ésa, ¿verdad? – La muchacha asintió, mientras observaba el vestido que usaría como disfraz, ya colgado en la pared, planchado y listo para ser usado. – Mi niña va a estar preciosa con ese traje. Vas a ser la más guapa de todas las muchachas. – Carolina rió y se giró para mirar a la mujer, que le sonrió y el rostro se le surcó de arrugas, como un papel ajado. Aunque sus padres habían insistido en que no había sido más que una anemia pasajera la causante del incidente, Caro juraría que veía a Juana más cansada, más mayor, como si le pesasen más los años que nunca.
- Deberías irte a dormir, tata. No te esfuerces demasiado, que todavía es pronto. – Juana dejó escapar una suave risita, mientras se levantaba lentamente.
- Tengo el pellejo más duro de lo que os creéis todos. ¡Ni que una fuera de porcelana! Anda, acuéstate antes de que me vaya. – Carolina sonrió y se metió en la cama, volviendo a ser una niña por unos instantes. Juana le colocó bien las mantas, arropándola como tantas veces había hecho antes. Se inclinó sobre ella y le dibujó una cruz en la frente con el pulgar, mientras murmuraba muy bajito una bendición. La anciana dejó un beso en su cabello y un “buenas noches, mi vida” antes de abandonar la habitación. Esa noche, el sueño fue tan reparador como cuando era una cría.

El día siguiente fue un no parar. Las clases pasaron entre nervios y cuchicheos sobre el modelito que llevaría ésta o aquélla. Cuando Carolina quiso darse cuenta, estaba enfundada en su disfraz y montada en el coche de su hermano, que se había ofrecido a llevarlos.  Sin embargo, el macarra había declinado la oferta, diciendo que tenía que ir a recoger su traje. Carolina no pudo esconder su felicidad: con un poco de suerte, encontraría algún plan mejor por el camino y no tendría que aguantarlo. A esa fiesta todavía le quedaba una última esperanza.
Cuando llegaron a la casa de campo, estaba decorada tan bien como todos los años: la anfitriona había colocado guirnaldas, globos y luces de colores por los árboles que rodeaban el edificio. Olía a comida y la música se podía oír desde la entrada, aunque no de la forma agobiante de las discotecas.
- Bueno, Chisco, me voy. Gracias por traerme. – La muchacha besó la mejilla de su hermano y éste la miró, receloso.
- Ten cuidadito, eh. – Carol puso los ojos en blanco.
- ¡Que sí, pesado! – Y salió del coche, antes de que a su hermano le diera tiempo a soltarle la lista de recomendaciones de siempre.
- ¡Cariiiiiiiiiii! – Patri salió revoloteando de la casa, y nunca mejor dicho: había elegido un vestido de campanilla compuesto por una especie de corsé en la parte superior (nada demasiado provocativo) y una falda vaporosa, con varias capas de tela cortada en pico de diferentes tonalidades de verde. Las alas semitransparentes y el moño daban el toque final al disfraz. Dio una vuelta frente a ella y abrió los brazos, a la espera de un veredicto. - ¿Qué te parece? – Carolina sonrió, divertida.
- Que si te viera Peter Pan, seguro que no se quedaba con Wendy. – Ambas rieron. Carol alzó la vista al ver acercarse a Borja. Iba guapísimo: su atuendo imitaba a un caballero de la época victoriana. Vestía un traje de chaqueta marrón, con un chaleco de rayas marrones y blancas, una camisa blanca y una pajarita. Se quitó el sombrero ante ellas y sonrió.
- Están ustedes deslumbrantes, señoritas. – El chico se colocó entre ellas y le tendió un brazo a cada una – Si me permiten el honor de acompañarlas en esta velada… - Ambas sonrieron y se cogieron de su brazo, adentrándose en la casa y en la larga noche que apenas empezaba a despuntar.
Nada más entrar, apenas le había dado tiempo a saludar a un par de personas, cuando sintió una mano en la cintura.
- Vaya, vaya. Estás guapísima esta noche. – Carolina se giró, para encontrarse con el rostro de Chema muy cerca del suyo. Chema iba arrebatador, vestido de ninja, todo de negro y ceñido. La chica sintió cómo temblaba cada parte de su cuerpo y casi no fue capaz de encontrar la voz para susurrar un “gracias”.
¿Quién había dicho que iba a ser una mala noche?

Raúl había ido a recoger el disfraz a casa de Rocío, pero no había salido ella a dárselo, sino que había enviado a su hermana pequeña. Estaba creando altas expectativas con el vestido, y Raúl intuía que las iba a cumplir con creces. A la casa lo había llevado El Mani en moto, y a casa de éste fue a cambiarse. Óscar, el Mani, era su mejor amigo desde que era capaz de recordar. Nada más llegar al orfanato, lo había conocido jugando en la calle. Era un chico de familia humilde, con una sonrisa siempre en el rostro y una energía inagotable.
- Venga, tú, aligera, que he quedado con la Jessi después de dejarte a ti.
- Joder, ya voy, que no sé cómo va esta mierda. – Después de un rato más de pelea con el disfraz, los dos chicos estuvieron listos para ponerse en marcha.
 Una vez montados sobre la moto de Óscar, éste comenzó a reír.
- Y tú ¿de qué te ríes?
- Pues de ti, que vas hecho un gilipollas con eso. – Raúl le dio un golpe en el hombro, refunfuñando.
- Venga y tírale ya. – Apenas tardaron en llegar al sitio de destino, que la especialidad de Óscar no era precisamente la de cumplir los límites de velocidad. Raúl le devolvió el casco y se chocaron sonoramente las manos.
- Bueno, figura, que triunfes esta noche con las pijitas éstas. Aunque bueno, con eso… - Óscar miró a Raúl de arriba abajo y prorrumpió en risas – Está la cosa chunga. – Raúl levantó la mano, haciendo amago de pegarle.
- Anda, vete antes de que te caliente. – El chico desapareció en la oscura carretera, aún entre risas. Y Raúl entró en la casa, dispuesto a comerse el mundo esa noche.
Buceó entre la masa de adolescentes que bailaban la última canción de David Guetta. Saludó a alguna que otra chica, y pronto se topó con Rocío. No pudo más que soltar un silbidito: se había disfrazado de Lara Croft. Toda ella era cuero, piel al descubierto, tacones y bucles rojos. Los fieros ojos verdes, perfilados en negro, le atraparon.
- ¿Qué, te gusta el modelito?
- No podrías haber elegido otro mejor, nena. – Y le guiñó un ojo. Atisbó a Patri y a Borja bailando solos apenas a unos pasos de donde se encontraba él, pero no había ni rastro de la princesita. No la había visto disfrazada, porque había salido de casa antes de que ella se vistiese, así que le picaba la curiosidad. Con un último vistazo a la pelirroja que tenía enfrente, le susurró al oído – No te vayas muy lejos. Ahora te busco. – Se abrió paso entre sus compañeros de clase hasta los dos muchachos. – Ey, ¿qué pasa?
- ¡Hola! Ya creía que no venías. – Patri le sonrió. Aquella chica le caía simpática.
- Donde hay fiesta, estoy yo. – El chico sonrió, divertido. - ¿Y dónde está la que la falta? – Esta vez fue Borja el que contestó, señalando hacia un lado con la cabeza.
- Allí. – Raúl se giró hacia donde le indicaba y se quedó sin palabras por un instante. Carolina iba disfrazada de princesa elfa. Había escogido un vestido color nácar, que se ceñía a su talle y, a partir de la cadera, caía más holgado hasta el suelo. Tenía los hombros al descubierto, un escote en pico en la espalda, cubierto por una tela de tul con un diseño de enredadera bordado, el mismo que bordeaba el cuello del vestido y el final de las amplias mangas. Llevaba dos trenzas a los lados de la frente, que se unían al resto del cabello detrás de la cabeza, que caía suelto en cascada por su espalda. Llevaba una especie de diadema en la frente y unas orejitas puntiagudas de plástico resaltando entre el dorado pelo. Destacaban en sus pies unas sandalias planas de pedrería. Estaba espectacular, aunque no del modo que Rocío, si no de una forma elegante que aquélla jamás alcanzaría.
Sin embargo, la princesa elfa estaba bailando demasiado cerca con un ninja rubio. Raúl torció el gesto: ese tipo le caía mal desde el primer momento en que le vio.
- Siempre es así cuando está Chema cerca. Parece que se le olvida todo a su alrededor. – El chico miró a Borja. Éste estaba observando a la pareja y apretaba la mandíbula. Algo encajó en la mente de Raúl y todo cobró sentido. Había oído rumores de que Borja era gay, ya que no se le conocía novia alguna y siempre estaba con sus dos amigas. Sin embargo, viendo el gesto dolido en su faz, Raúl podía asegurar que no era gay en absoluto. Más bien, estaba enamorado hasta las trancas de la princesita. El chico puso una mano en el hombro de Borja y le sonrió.
- Pues ya es hora de traerla de vuelta a la realidad, ¿no crees? – Y se encaminó hacia la parejita, con una sonrisa traviesa surcándole el rostro.

- Entonces, el cani ése de la otra vez no es tu novio ni nada parecido, ¿no?
- ¡No! ¿Te imaginas? – Carolina se echó a reír. La noche no podía llevar mejor rumbo: desde que había llegado, Chema no se había separado de ella. Lo sentía por sus amigos, a los que había dejado algo de lado, pero era una oportunidad única y no pensaba desaprovecharla. – No tengo novio, pero sí hay alguien que me interesa…bastante. – Le miró, con una sonrisa que intentaba hacerle entender que era una indirecta. Chema le sonrió de vuelta, y le apartó un mechón del hombro, inclinándose ligeramente sobre ella.
- ¿De verdad?... – El corazón de Carolina se disparó. Chema estaba cerca, muy cerca. Una de las manos del chico estaba en su cintura, y la otra le acariciaba la piel expuesta del hombro. La muchacha estaba a punto de entrecerrar los ojos, cuando sintió que la arrastraban hacia atrás, mientras un brazo le rodeaba el talle.
- Quedas secuestrada por el peor pirata de los nueve mares, a ver cómo sales de ésta. – Carol reconoció la voz al instante y se zafó de su agarre, girándose hacia él. Raúl iba vestido de pirata, al más puro estilo Jack Sparrow: pantalones oscuros, botas altas, chaleco corto abierto, camisa amplia y espada a la cintura. Incluso se había colocado un aro dorado en la oreja izquierda.
- ¡Son siete mares, inculto! – Carolina estaba chisporroteando de rabia. Había estado tan cerca…Raúl era su peor pesadilla, siempre apareciendo en el momento menos oportuno.
- Pues fíjate si soy un pirata temido, que hasta tengo dos mares de más. – El muchacho le sonrió con fanfarronería.
- ¡Eres un idiota!
- ¿Todo bien, Carol? – Chema se había vuelto a acercar a ella, pero ahora miraba a Raúl. Los dos chicos eran más o menos de la misma estatura, pero ella tenía que alzar la cabeza para mirarlos a la cara.
- Sí, bueno… - No quería tener que explicarle la relación tan extraña que le unía al macarra, pero tampoco tuvo mucho tiempo de hacerlo antes de que éste volviese a intervenir, cogiéndola de la muñeca y acercándola a él.
- La princesita está secuestrada por el pirata. – Repitió. Chema abrió la boca para protestar, pero Raúl no le dio ocasión – Y, para rescatarla, tendrás que pelear conmigo. Y todo el mundo sabe que los piratas siempre ganan a los ninjas – Los chicos se sostuvieron la mirada un instante, la de Raúl llena de amenaza. – Así que, viento en popa a toda vela. – Y la llevó hacia el centro de la sala, casi a rastras. Carolina no intentó nada para evitar montar un escándalo pero, cuando la soltó al llegar al lugar donde estaban Patri y Borja, le miró con un odio intenso.
- Te prometo que no te puedo soportar. Eres lo peor que me ha pasado en la vida. Vete de mi vista antes de que haga algo de lo que me arrepienta. – Carol intentó inyectar en cada palabra toda la ira que a duras penas podía contener en su interior, forzando a las lágrimas a quedarse escondidas. Raúl la miró, primero con seriedad, y luego con esa sonrisa repelente que ella detestaba.
- Como quieras, princesita. – Y, simplemente, se fue. Sin más discusión, sin más bromas, sin nada más. Sólo le hizo caso y se fue, por increíble que pareciera.
Borja posó con gentileza la mano en su hombro.
- Tranquilízate, Carol. No te pongas así. – La chica se mordió el labio. ¿Tranquilizarse? Buen intento.

Raúl se dirigía hacia la zona de bebidas cuando alguien le interceptó.
- ¿Ya te habías olvidado de mí? – Era Rocío, que le ofrecía una cerveza. Raúl se la bebió en un par de tragos. – Ven, baila conmigo. – Y, sin saber muy bien cómo, se vio enredado en los brazos de la chica, que baila de forma sensual y atrevida. Poco a poco, su humor fue mejorando. Cuando quiso darse cuenta, Rocío se lanzó a su boca. Eso era lo que él llamaba una mujer con decisión.



Isa