Isa
domingo, 25 de marzo de 2012
domingo, 11 de marzo de 2012
Encuesta
Os voy a dejar una encuesta para los que estéis interesados en seguir también Entre el cielo y el infierno. La pregunta es: ¿queréis que la cuelgue aquí también o no?
¡Espero vuestra opinión! =)
Isa
¡Espero vuestra opinión! =)
Isa
Nueva historia: Entre el cielo y el infierno.
¡Hola! Bueno, deciros que, a parte de Tú y mi mundo, acabo de empezar hace apenas una semana una nueva historia. No tiene mucho que ver con ésta; tiene una temática más fantástica. Pero bueno, un cambio de vez en cuando no viene mal, ¿verdad? =P Os dejo una pequeña sinopsis:
¿Qué ocurriría si tu mundo cambiase por completo? ¿Si empezases a ver el mundo de otra forma? ¿O si fuese otro mundo radicalmente distinto al que creías conocer?
Eva tiene en sus manos el ancestral equilibrio entre el bien y el mal, y una sola decisión suya puede inclinar la balanza...
Ésta es la dirección del blog:
http://entre-elcieloyelinfierno.blogspot.com/
¡Allí os espero!^^
Isa
¿Qué ocurriría si tu mundo cambiase por completo? ¿Si empezases a ver el mundo de otra forma? ¿O si fuese otro mundo radicalmente distinto al que creías conocer?
Eva tiene en sus manos el ancestral equilibrio entre el bien y el mal, y una sola decisión suya puede inclinar la balanza...
Ésta es la dirección del blog:
http://entre-elcieloyelinfierno.blogspot.com/
¡Allí os espero!^^
Isa
sábado, 10 de marzo de 2012
Tú y mi mundo -11-
Carolina estaba apoyada en la pared, cruzada de brazos y con
el resto del tercer cóctel en la mano. Todo había ido de mal en peor desde la
llegada de su pesadilla personal. Chema la miraba receloso de vez en cuando,
con la duda impresa en el rostro. Era lógico que no quisiese acercarse a ella.
Y, para complicar todavía más la situación, había una chica que no dejaba de
acercarse a él con las intenciones más que claras.
- Zorra…- Masculló Caro. Borja y Patri estaban con ella,
aunque no sabían muy bien cómo animarla. Para colmo de males, el macarra y
Rocío no paraban de darse el lote y sobarse en medio del salón, como si
estuviesen solos. ¿Con qué derecho se encontraba para meterse en su relación
con Chema cuando él estaba dando un espectáculo? Dejó el vaso en el primer
mueble que encontró y, sacudiendo la
cabeza, se irguió, mirando a sus amigos. – La noche sólo acaba de empezar.
La muchacha avanzó hacia el centro de la sala. Comenzó a
balancearse sobre los pies, al ritmo de la música. Fue moviéndose poco a poco,
cada vez más, notando cómo las miradas se posaban en ella. No solía disfrutar
en exceso de ser el centro de atención, pero ya era hora de dejar bien claro
quién era ella. Era una de las chicas más populares y deseadas del colegio.
Nadie iba a decidir con quién estaba ni cuándo terminaba su diversión. No a
ella.
Barrió la sala en busca de Chema, pero se había perdido. Y
la otra chica que se le acercaba, también. Rechinó los dientes, ahogando un
grito de frustración, y cerró los ojos, abandonándose por completo a la música.
Un chico que no conocía se le acercó y, sin pensarlo dos veces, comenzó a
bailar con él. Por una vez, era mejor eso de no pensar.
Raúl no se había separado de Rocío desde hacía un buen rato,
y ella no parecía intención de dejarle ir, aunque no es que el muchacho
estuviese haciendo un gran sacrificio. Raúl notaba cómo el ambiente se iba
caldeando por momentos y estaba planteándose seriamente el sugerirle ir a
buscar más intimidad cuando, en un giro de cabeza, la vio.
Carolina estaba bailando en mitad de la amplia sala, con un
tío, y no era el ninja de poca monta. El chico la miraba con una lascivia
notable, de la que Carol parecía ser la única que no se daba cuenta. La gente
les miraba y murmuraba. Raúl vio cómo el muchacho ponía las manos en las
caderas de la princesita, acercándose peligrosamente a ella.
Rocío le tomó por la barbilla, girándole la cara hacia ella,
en busca de su atención.
- ¿Qué pasa? ¿Ya te has cansado de mí o qué? – Raúl le
sonrió y la besó, más para mantenerla ocupada que porque le apeteciera. Había
perdido el interés repentinamente en ella, por muy surrealista que le pareciera
admitirlo. Mientras besaba a Rocío, miraba de soslayo a Carol, que intentaba deshacerse
con sutilidad de su acompañante.
“¿Está borracha?” Pensó Raúl, a la par que veía como el
chico insistía en buscar la boca de Caro y ella no era capaz de quitárselo de
encima. Cuando quiso darse cuenta, estaba detrás de Carolina, habiendo dejado a
Rocío sola con muy poco tacto.
Miró con una peligrosa expresión en cada una de sus
facciones al tipo, que también parecía haber bebido de más, aunque estaba más
lúcido que ella. El muchacho le mantuvo la mirada, a la vez que seguía
sujetando a Caro, que se revolvía como un animalillo atrapado. Raúl sintió cómo
le hervía la sangre. Eso no pintaba nada bien. Se acercó a él y se dio cuenta
de que actuaba antes de pensar, lo que sólo empeoraba el pronóstico de lo que
podía ocurrir.
- ¿No vas a dejar de dar por culo o qué pasa? – Raúl le
cogió por la muñeca y le separó de Carolina, poniéndose entre ambos. La chica
trastabilló, pero logró mantener el equilibrio.
- Eh, tú, chusma. ¡A mí no me toques! – Más insultos
vinieron pronto, seguidos por empujones y amenazas varias. En uno de los
forcejeos, un cenicero cayó a un sofá, sin que nadie reparara en él. Todo el
mundo les observaba, y unos cuantos chicos aparecieron para separarles. Chema
había ido a coger del brazo al tipo. “Cómo no iban a conocerse” pensó Raúl, aún
con las ideas poco claras. El chico notó una mano en el hombro: era Borja, con
gesto preocupado.
Entre el revuelo, alguien gritó: “¡Fuego!” justo cuando a
Raúl le llegaba el olor a quemado. Las colillas habían prendido en el sofá, y
la estancia estaba comenzando a llenarse con un espeso humo blanco.
Instintivamente, su mirada buscó rauda a Carolina, que estaba mezclada con la
masa de adolescentes revolucionados. Parecía muy desorientada y asustada. Sin
más dilación, fue hacia ella, la cogió de la mano y se dirigió hacia la salida,
abriéndose paso entre el resto de gente que buscaba también huir del humo y el
fuego.
Para Carol, los últimos acontecimientos eran un caos de
imágenes y música en su cabeza. Recordaba bailar, perderse en los ritmos
repetitivos y unas manos. Unas manos que la recorrían en busca de más. Se había
sentido asfixiada, queriendo liberarse de aquel intento de posesión ajena, pero
no quería que los demás se dieran cuenta. Había echado mano de la discreción,
mas no había surtido efecto. El agobio incrementaba ante la imposibilidad de
huir y, con él, el pánico. Había intentado zafarse, pero el agarre era firme y
estaba mareada. Bueno, quizá mareada no era la palabra más acertada.
Y, luego, todo había ocurrido demasiado rápido como para que
su embotado cerebro lo lograra asimilar en tiempo real. Se había encontrado
fuera de la presa que habían supuesto los brazos de aquel chico y, sin saber
muy bien cómo, estaba discutiendo con el macarra. Los cuchicheos de sus
compañeros revoloteaban en el ambiente, ávidos de morbo como los buitres de
carroña. De repente, todo se llenó de humo. Se había abrazado a sí misma, con
miedo, buscando ayuda desesperadamente con la mirada.
Ahora, estaba allí, corriendo por la acera desolada de
aquella zona residencial de la mano de Raúl. El aire fresco le estaba ayudando
a despejar la cabeza, pero la carrera no estaba haciendo un buen trabajo con su
estómago, revuelto por la desacostumbrada ingesta de alcohol.
- ¡Para, para! – Consiguió decir Carol, entre jadeos. Raúl
frenó en seco y ella se apoyó las manos en las costillas, en busca de aliento.
Miró a los lados, y se dio cuenta de que estaban en medio de ninguna parte: a
su alrededor, sólo había árboles y carretera. - ¿Dónde estamos? – Raúl imitó su
gesto, pasando la mirada por la zona. Se encogió de hombros.
- Buena pregunta. – Carolina le miró, entre incrédula y
alarmada.
- ¿Me estás diciendo que has echado a correr sin tener ni
idea de hacia dónde ibas? – Raúl asintió, sin más. - ¿Tú estás tonto? ¡Me
arrastras aquí, en medio de la nada, sin tener dirección ni conocer el camino…!
– Las palabras se le aturullaban, queriendo decir mucho en poco tiempo. Raúl la
interrumpió.
- ¿Tanto frío tienes? – Caro parpadeó un par de veces,
mientras su todavía lenta mente intentaba descifrar el sentido de sus palabras.
Entonces, cayó en la cuenta de que estaba temblando. Con las prisas, se había
dejado en la casa el abrigo que había usado. Ya estaban en octubre, y debían de
ser más de las 2 de la mañana. Raúl, entre maldiciones, se quitó la chaqueta y
la dejó caer sobre los hombros de la chica, que la aceptó a regañadientes.
- Y, ahora, ¿qué hacemos? No nos podemos quedar aquí hasta
que sea de día. – El macarra se rascaba la cabeza. “En cualquier momento, le
sale humo de la cabeza. Demasiado trabajo para sus pocas e inútiles neuronas”
pensó la muchacha. El chico sacó su móvil de un bolsillo e hizo una llamada.
Tuvo que hacer cuatro intentos antes de que alguien contestara al otro lado.
- Oye, tienes que venir a por mí. – Pausa. – Venga, no me
jodas, que estoy tirado en el culo del mundo. – Otra pausa, pero esta vez Raúl
miraba a Carolina. – No, no, escucha: tienes que venir con alguien más. Hacen
falta dos motos. – Una pausa más. – Sí. Pero es que no tengo muy seguro de por
dónde ando. – Tras un rato de explicaciones, intentando situarse, el chico
colgó el móvil.
- ¿A quién has llamado? – Carolina miró al macarra,
suspicaz.
- A un amigo.
- Genial. Seguro que es de mucha confianza.
- Bueno, la otra opción es llamar a tu hermano. Y no te digo
que no me gustaría que le explicases cómo hemos acabado en mitad del campo
gracias a tus tonterías con tu nuevo amiguito. – Un silencio incómodo se
instaló entre los dos. Aunque Caro odiase admitirlo, él llevaba razón. Era
evidente que Raúl se había metido sin motivo en el asunto de Chema, pero ella
se había buscado solita el problema con el otro chico. En el fondo, sabía que
debía agradecerle su intervención. Se acurrucó en el interior de la chaqueta,
mirando hacia otro lado.
Pasaron varios minutos, y Carol no sabía qué era más
cortante: el frío de la noche o la tensión en el ambiente. Finalmente, Raúl
carraspeó.
- Mira, yo creo que el pijo ése se está riendo de ti. –
Carolina le fulminó con la mirada, con una réplica a punto de ser disparada a
discreción, pero Raúl no le dio tiempo. – Te está utilizando. Se ha ido con la
otra pava delante de ti, cuando dos minutos antes estaba dispuesto a comerte la
boca. – La contestación murió en alguna parte del interior de Caro. El macarra
estaba demasiado acertado esa noche.
Era algo que siempre le había pasado con Chema: verle con
otras. Todo el mundo sabía que ella estaba locamente enamorada de él desde
siempre. Y ella era consciente de que él también lo sabía. Había hecho grandes
esfuerzos por destacar y que él la notase. Pero Chema se paseaba frente a ella
con su retahíla constante de novias y ligues, sin cortarse en demostrar su
pasión. Era duro para la muchacha verle con otras. No es que ella nunca hubiera
estado con nadie, pero todos los novios que había tenido hasta el momento eran
una excusa para darle celos a Chema. Se había dejado ver por Chema con alguno
de ellos, pero sin nada que pasase de susurros y manos entrelazadas. Sin
embargo, debía reconocer que nunca había sido demasiado efectivo.
- Hoy…bueno, que con el traje éste llamas mucho la atención.
– Carolina alzó una ceja. ¿Era eso un atisbo de piropo? – Bueno, ya sabes, las
tías del colegio no se han currado mucho los disfraces. – “Demasiado bonito
para ser cierto” pensó Carol, frunciendo el ceño. – Lo que quiero decir es que
por eso te ha buscado. Porque destacabas entre las otras, y la mayoría de los
tíos estaban buscando la forma de entrarte. Deberías darte cuenta de que no
quiere nada contigo más allá de… - El final de la frase quedó en el aire, pero
Carolina no tuvo tiempo de preguntar antes de que los faros de dos vehículos
les deslumbrasen.
La chica tuvo que parpadear varias veces para conseguir ver
con claridad a los dos chicos que bajaban de sendas motos. Y se horrorizó ante
lo que encontró: dos clones de Raúl que la miraban divertidos.
- Vaya, braguetazo real, loco. – Dijo uno de los chicos. Los
dos tipos se echaron a reír. Raúl le dio una colleja.
- Cállate y dame los cascos. – El macarra hizo amago de
cogerle los cascos a su amigo (también macarra), pero éste los quitó de su
alcance.
- ¿Ni nos vas a presentar a tu amiguita?
- Yo no soy su “amiguita”. – Protestó Carolina, alzando la
barbilla. El chico silbó.
- Cuánta simpatía, rubia. – La chica estaba a punto de
contestar cuando el macarra se le adelantó.
- Es la hija de Carmen, así que corta el rollo. – Raúl se
dirigió al otro chico. – Illo, Mani, déjame tu moto y mañana te la devuelvo.
- Pero con la misma gasolina, que la tengo medida. – El chico
le tendió las llaves y ambos sonrieron.
- Qué rata eres, tío. Siempre me salen caros tus favores.
- Aquí, el que no corre, vuela, figura. Que en esta vida
nada es de gratis.
Una vez se hizo con los cascos, Raúl le tendió uno a la
muchacha, que se lo colocó sin rechistar. Estaba demasiado cansada como para
quejarse de cualquier plan que significase volver a la seguridad y tranquilidad
de su hogar. Se abrochó la chaqueta lo mejor que pudo y montó tras Raúl,
rodeándole la cintura con los brazos. La moto vibró bajó ellos y se pusieron en
marcha. Los amigos de Raúl, delante de ellos, zigzagueaban y tentaban al azar a
lomos de su metálica montura. Pronto se perdieron de vista, entre risas y el
ruido del claxon. Raúl y Carolina siguieron su propio rumbo, sin demasiadas
prisas, sin ninguna exuberancia, pues, por esa noche, ya había estirado
demasiado su suerte.
Isa
lunes, 5 de diciembre de 2011
Tú y mi mundo -10-
Carol estaba sentada en la cama, mientras Juana le cepillaba
el cabello, como tantas veces había hecho cuando era niña. Era la primera noche
que pasaba en casa después del accidente, y todos habían insistido en que
descansase. Pero la anciana, con las manos en la cadera y el ceño fruncido, se
había impuesto: a ella no la tumbaban ni los años ni una simple caída. Y allí
estaba, pasándole el cepillo por el cabello con un mimo infinito, mientras
tarareaba una canción ya olvidada por muchos, pero aún bien clara en sus
recuerdos.
- Mañana es la fiesta ésa, ¿verdad? – La muchacha asintió,
mientras observaba el vestido que usaría como disfraz, ya colgado en la pared,
planchado y listo para ser usado. – Mi niña va a estar preciosa con ese traje.
Vas a ser la más guapa de todas las muchachas. – Carolina rió y se giró para
mirar a la mujer, que le sonrió y el rostro se le surcó de arrugas, como un
papel ajado. Aunque sus padres habían insistido en que no había sido más que
una anemia pasajera la causante del incidente, Caro juraría que veía a Juana
más cansada, más mayor, como si le pesasen más los años que nunca.
- Deberías irte a dormir, tata. No te esfuerces demasiado,
que todavía es pronto. – Juana dejó escapar una suave risita, mientras se
levantaba lentamente.
- Tengo el pellejo más duro de lo que os creéis todos. ¡Ni
que una fuera de porcelana! Anda, acuéstate antes de que me vaya. – Carolina
sonrió y se metió en la cama, volviendo a ser una niña por unos instantes.
Juana le colocó bien las mantas, arropándola como tantas veces había hecho
antes. Se inclinó sobre ella y le dibujó una cruz en la frente con el pulgar,
mientras murmuraba muy bajito una bendición. La anciana dejó un beso en su
cabello y un “buenas noches, mi vida” antes de abandonar la habitación. Esa
noche, el sueño fue tan reparador como cuando era una cría.
El día siguiente fue un no parar. Las clases pasaron entre
nervios y cuchicheos sobre el modelito que llevaría ésta o aquélla. Cuando
Carolina quiso darse cuenta, estaba enfundada en su disfraz y montada en el
coche de su hermano, que se había ofrecido a llevarlos. Sin embargo, el macarra había declinado la
oferta, diciendo que tenía que ir a recoger su traje. Carolina no pudo esconder
su felicidad: con un poco de suerte, encontraría algún plan mejor por el camino
y no tendría que aguantarlo. A esa fiesta todavía le quedaba una última
esperanza.
Cuando llegaron a la casa de campo, estaba decorada tan bien
como todos los años: la anfitriona había colocado guirnaldas, globos y luces de
colores por los árboles que rodeaban el edificio. Olía a comida y la música se
podía oír desde la entrada, aunque no de la forma agobiante de las discotecas.
- Bueno, Chisco, me voy. Gracias por traerme. – La muchacha
besó la mejilla de su hermano y éste la miró, receloso.
- Ten cuidadito, eh. – Carol puso los ojos en blanco.
- ¡Que sí, pesado! – Y salió del coche, antes de que a su
hermano le diera tiempo a soltarle la lista de recomendaciones de siempre.
- ¡Cariiiiiiiiiii! – Patri salió revoloteando de la casa, y
nunca mejor dicho: había elegido un vestido de campanilla compuesto por una
especie de corsé en la parte superior (nada demasiado provocativo) y una falda
vaporosa, con varias capas de tela cortada en pico de diferentes tonalidades de
verde. Las alas semitransparentes y el moño daban el toque final al disfraz.
Dio una vuelta frente a ella y abrió los brazos, a la espera de un veredicto. -
¿Qué te parece? – Carolina sonrió, divertida.
- Que si te viera Peter Pan, seguro que no se quedaba con
Wendy. – Ambas rieron. Carol alzó la vista al ver acercarse a Borja. Iba
guapísimo: su atuendo imitaba a un caballero de la época victoriana. Vestía un
traje de chaqueta marrón, con un chaleco de rayas marrones y blancas, una
camisa blanca y una pajarita. Se quitó el sombrero ante ellas y sonrió.
- Están ustedes deslumbrantes, señoritas. – El chico se
colocó entre ellas y le tendió un brazo a cada una – Si me permiten el honor de
acompañarlas en esta velada… - Ambas sonrieron y se cogieron de su brazo,
adentrándose en la casa y en la larga noche que apenas empezaba a despuntar.
Nada más entrar, apenas le había dado tiempo a saludar a un
par de personas, cuando sintió una mano en la cintura.
- Vaya, vaya. Estás guapísima esta noche. – Carolina se
giró, para encontrarse con el rostro de Chema muy cerca del suyo. Chema iba
arrebatador, vestido de ninja, todo de negro y ceñido. La chica sintió cómo
temblaba cada parte de su cuerpo y casi no fue capaz de encontrar la voz para
susurrar un “gracias”.
¿Quién había dicho que iba a ser una mala noche?
Raúl había ido a recoger el disfraz a casa de Rocío, pero no
había salido ella a dárselo, sino que había enviado a su hermana pequeña.
Estaba creando altas expectativas con el vestido, y Raúl intuía que las iba a
cumplir con creces. A la casa lo había llevado El Mani en moto, y a casa de
éste fue a cambiarse. Óscar, el Mani, era su mejor amigo desde que era capaz de
recordar. Nada más llegar al orfanato, lo había conocido jugando en la calle.
Era un chico de familia humilde, con una sonrisa siempre en el rostro y una
energía inagotable.
- Venga, tú, aligera, que he quedado con la Jessi después de
dejarte a ti.
- Joder, ya voy, que no sé cómo va esta mierda. – Después de
un rato más de pelea con el disfraz, los dos chicos estuvieron listos para
ponerse en marcha.
Una vez montados
sobre la moto de Óscar, éste comenzó a reír.
- Y tú ¿de qué te ríes?
- Pues de ti, que vas hecho un gilipollas con eso. – Raúl le
dio un golpe en el hombro, refunfuñando.
- Venga y tírale ya. – Apenas tardaron en llegar al sitio de
destino, que la especialidad de Óscar no era precisamente la de cumplir los
límites de velocidad. Raúl le devolvió el casco y se chocaron sonoramente las
manos.
- Bueno, figura, que triunfes esta noche con las pijitas
éstas. Aunque bueno, con eso… - Óscar miró a Raúl de arriba abajo y prorrumpió
en risas – Está la cosa chunga. – Raúl levantó la mano, haciendo amago de
pegarle.
- Anda, vete antes de que te caliente. – El chico
desapareció en la oscura carretera, aún entre risas. Y Raúl entró en la casa,
dispuesto a comerse el mundo esa noche.
Buceó entre la masa de adolescentes que bailaban la última
canción de David Guetta. Saludó a alguna que otra chica, y pronto se topó con
Rocío. No pudo más que soltar un silbidito: se había disfrazado de Lara Croft.
Toda ella era cuero, piel al descubierto, tacones y bucles rojos. Los fieros
ojos verdes, perfilados en negro, le atraparon.
- ¿Qué, te gusta el modelito?
- No podrías haber elegido otro mejor, nena. – Y le guiñó un
ojo. Atisbó a Patri y a Borja bailando solos apenas a unos pasos de donde se
encontraba él, pero no había ni rastro de la princesita. No la había visto
disfrazada, porque había salido de casa antes de que ella se vistiese, así que
le picaba la curiosidad. Con un último vistazo a la pelirroja que tenía
enfrente, le susurró al oído – No te vayas muy lejos. Ahora te busco. – Se
abrió paso entre sus compañeros de clase hasta los dos muchachos. – Ey, ¿qué
pasa?
- ¡Hola! Ya creía que no venías. – Patri le sonrió. Aquella
chica le caía simpática.
- Donde hay fiesta, estoy yo. – El chico sonrió, divertido.
- ¿Y dónde está la que la falta? – Esta vez fue Borja el que contestó,
señalando hacia un lado con la cabeza.
- Allí. – Raúl se giró hacia donde le indicaba y se quedó
sin palabras por un instante. Carolina iba disfrazada de princesa elfa. Había
escogido un vestido color nácar, que se ceñía a su talle y, a partir de la
cadera, caía más holgado hasta el suelo. Tenía los hombros al descubierto, un
escote en pico en la espalda, cubierto por una tela de tul con un diseño de
enredadera bordado, el mismo que bordeaba el cuello del vestido y el final de
las amplias mangas. Llevaba dos trenzas a los lados de la frente, que se unían
al resto del cabello detrás de la cabeza, que caía suelto en cascada por su
espalda. Llevaba una especie de diadema en la frente y unas orejitas
puntiagudas de plástico resaltando entre el dorado pelo. Destacaban en sus pies
unas sandalias planas de pedrería. Estaba espectacular, aunque no del modo que
Rocío, si no de una forma elegante que aquélla jamás alcanzaría.
Sin embargo, la princesa elfa estaba bailando demasiado
cerca con un ninja rubio. Raúl torció el gesto: ese tipo le caía mal desde el
primer momento en que le vio.
- Siempre es así cuando está Chema cerca. Parece que se le
olvida todo a su alrededor. – El chico miró a Borja. Éste estaba observando a
la pareja y apretaba la mandíbula. Algo encajó en la mente de Raúl y todo cobró
sentido. Había oído rumores de que Borja era gay, ya que no se le conocía novia
alguna y siempre estaba con sus dos amigas. Sin embargo, viendo el gesto dolido
en su faz, Raúl podía asegurar que no era gay en absoluto. Más bien, estaba
enamorado hasta las trancas de la princesita. El chico puso una mano en el
hombro de Borja y le sonrió.
- Pues ya es hora de traerla de vuelta a la realidad, ¿no
crees? – Y se encaminó hacia la parejita, con una sonrisa traviesa surcándole
el rostro.
- Entonces, el cani ése de la otra vez no es tu novio ni
nada parecido, ¿no?
- ¡No! ¿Te imaginas? – Carolina se echó a reír. La noche no
podía llevar mejor rumbo: desde que había llegado, Chema no se había separado
de ella. Lo sentía por sus amigos, a los que había dejado algo de lado, pero
era una oportunidad única y no pensaba desaprovecharla. – No tengo novio, pero
sí hay alguien que me interesa…bastante. – Le miró, con una sonrisa que
intentaba hacerle entender que era una indirecta. Chema le sonrió de vuelta, y
le apartó un mechón del hombro, inclinándose ligeramente sobre ella.
- ¿De verdad?... – El corazón de Carolina se disparó. Chema
estaba cerca, muy cerca. Una de las manos del chico estaba en su cintura, y la
otra le acariciaba la piel expuesta del hombro. La muchacha estaba a punto de
entrecerrar los ojos, cuando sintió que la arrastraban hacia atrás, mientras un
brazo le rodeaba el talle.
- Quedas secuestrada por el peor pirata de los nueve mares,
a ver cómo sales de ésta. – Carol reconoció la voz al instante y se zafó de su
agarre, girándose hacia él. Raúl iba vestido de pirata, al más puro estilo Jack
Sparrow: pantalones oscuros, botas altas, chaleco corto abierto, camisa amplia
y espada a la cintura. Incluso se había colocado un aro dorado en la oreja
izquierda.
- ¡Son siete mares, inculto! – Carolina estaba
chisporroteando de rabia. Había estado tan cerca…Raúl era su peor pesadilla,
siempre apareciendo en el momento menos oportuno.
- Pues fíjate si soy un pirata temido, que hasta tengo dos
mares de más. – El muchacho le sonrió con fanfarronería.
- ¡Eres un idiota!
- ¿Todo bien, Carol? – Chema se había vuelto a acercar a
ella, pero ahora miraba a Raúl. Los dos chicos eran más o menos de la misma
estatura, pero ella tenía que alzar la cabeza para mirarlos a la cara.
- Sí, bueno… - No quería tener que explicarle la relación
tan extraña que le unía al macarra, pero tampoco tuvo mucho tiempo de hacerlo
antes de que éste volviese a intervenir, cogiéndola de la muñeca y acercándola
a él.
- La princesita está secuestrada por el pirata. – Repitió.
Chema abrió la boca para protestar, pero Raúl no le dio ocasión – Y, para
rescatarla, tendrás que pelear conmigo. Y todo el mundo sabe que los piratas
siempre ganan a los ninjas – Los chicos se sostuvieron la mirada un instante,
la de Raúl llena de amenaza. – Así que, viento en popa a toda vela. – Y la
llevó hacia el centro de la sala, casi a rastras. Carolina no intentó nada para
evitar montar un escándalo pero, cuando la soltó al llegar al lugar donde
estaban Patri y Borja, le miró con un odio intenso.
- Te prometo que no te puedo soportar. Eres lo peor que me
ha pasado en la vida. Vete de mi vista antes de que haga algo de lo que me
arrepienta. – Carol intentó inyectar en cada palabra toda la ira que a duras
penas podía contener en su interior, forzando a las lágrimas a quedarse
escondidas. Raúl la miró, primero con seriedad, y luego con esa sonrisa
repelente que ella detestaba.
- Como quieras, princesita. – Y, simplemente, se fue. Sin
más discusión, sin más bromas, sin nada más. Sólo le hizo caso y se fue, por
increíble que pareciera.
Borja posó con gentileza la mano en su hombro.
- Tranquilízate, Carol. No te pongas así. – La chica se
mordió el labio. ¿Tranquilizarse? Buen intento.
Raúl se dirigía hacia la zona de bebidas cuando alguien le
interceptó.
- ¿Ya te habías olvidado de mí? – Era Rocío, que le ofrecía
una cerveza. Raúl se la bebió en un par de tragos. – Ven, baila conmigo. – Y,
sin saber muy bien cómo, se vio enredado en los brazos de la chica, que baila
de forma sensual y atrevida. Poco a poco, su humor fue mejorando. Cuando quiso
darse cuenta, Rocío se lanzó a su boca. Eso era lo que él llamaba una mujer con
decisión.
Isa
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